Categorías: crisis vida

A colación de la crisis que nos ha tocado vivir y la excelencia necesaria.

Hace unas semanas me llegó un texto interesante, dentro de un correo de esos con centenares de personas en el CC, supuestamente firmado por el prestigioso Forges  (en 27/08/2012 confirmo que se trata de una falsa atribución de autoría de la que Forges está harto de desvincularse y de la que su autor no termina alucinar http://davidjimenezblog.com/2012/07/25/el-articulo-que-crei-haber-escrito/ ).
El formato y origen del correo me hacen dudar de la autenticidad de la magna autoría atribuida (¡y tanto!), pero vertía algunas dolorosas e interesantes opiniones con las yo personalmente estoy muy alineado como ciudadano de este país que nos ha tocado sacar adelante.

Reflexiona (supuestamente) Forges  (realmente lo hace David Jiménez) diciendo:

«Quizá ha llegado la hora de aceptar que nuestra crisis es más que económica, va más allá de estos o aquellos políticos, de la codicia de los banqueros o la prima de riesgo.
Asumir que nuestros problemas no se terminarán cambiando a un partido por otro, con otra batería de medidas urgentes o una huelga general.
Reconocer que el principal problema de España no es Grecia, el euro o la señora Merkel.

Admitir, para tratar de corregirlo, que nos hemos convertido en un país mediocre. Ningún país alcanza semejante condición de la noche a la mañana. Tampoco en tres o cuatro años. Es el resultado de una cadena que comienza en la escuela y termina en la clase dirigente.

Hemos creado una cultura en la que los mediocres son los alumnos más populares en el colegio, los primeros en ser ascendidos en la oficina, los que más se hacen escuchar en los medios de comunicación y a los únicos que votamos en las elecciones, sin importar lo que hagan. Porque son de los nuestros.

Estamos tan acostumbrados a nuestra mediocridad que hemos terminado por aceptarla como el estado natural de las cosas. Sus excepciones, casi siempre reducidas al deporte, nos sirven para negar la evidencia.

Mediocre es un país donde sus habitantes pasan una media de 134 minutos al día frente a un televisor que muestra principalmente basura.
Mediocre es un país que en toda la democracia no ha dado un presidente que hablara inglés o tuviera mínimos conocimientos sobre política internacional.
Mediocre es el único país del mundo que, en su sectarismo rancio, ha conseguido dividir incluso a las asociaciones de víctimas del terrorismo.
Mediocre es un país que ha reformado su sistema educativo trece veces en tres décadas hasta situar a sus estudiantes a la cola del mundo desarrollado.
Mediocre es un país que no tiene una sola universidad entre las 150 mejores del mundo y fuerza a sus mejores investigadores a exiliarse para sobrevivir.
Mediocre es un país con una cuarta parte de su población en paro que sin embargo encuentra más motivos para indignarse cuando los guiñoles de un país vecino bromean sobre sus deportistas.
Es mediocre un país donde la brillantez del otro provoca recelo, la creatividad es marginada -cuando no robada impunemente- y la independencia sancionada.
Un país que ha hecho de la mediocridad la gran aspiración nacional, perseguida sin complejos por esos miles de jóvenes que buscan ocupar la próxima plaza en el concurso Gran Hermano, por políticos que se insultan sin aportar una idea, por jefes que se rodean de mediocres para disimular su propia mediocridad y por estudiantes que ridiculizan al compañero que se esfuerza.
Mediocre es un país que ha permitido fomentado celebrado el triunfo de los mediocres, arrinconando la excelencia hasta dejarle dos opciones: marcharse o dejarse engullir por la imparable marea gris de la mediocridad.»

Visto así no parece que haya soluciones a corto plazo para nuestra grave crisis, pero sí hay una receta que debemos aplicar inmediatamente en primer lugar y fundamentalmente sobre cada uno de nosotros y luego exigirla a los demás: ser excelentes; asumir nuestra responsabilidad de forma crítica sin culpar ni justificarnos en los demás, y buscar la excelencia en nuestro día a día, en cada objetivo, en cada decisión, en cada tarea.

Todos, antes de protestar  y reclamar lo nuestro, debemos exigirnos la excelencia a nosotros mismos y luego exigirla a nuestros dirigentes, a nuestros vecinos, a nuestros compañeros, a nuestros jefes, a nuestros hijos y discípulos, a todos…y así podremos aspirar a tener un Gobierno excelente, y una Administración Pública excelente, y una Justicia excelente, y empresas excelentes, y escuelas excelentes, y una Sanidad excelente, etc., etc.

No hay peor condena en estos momentos que reconocer que tenemos lo que nos merecemos. Pero es una condena de la que nosotros mismos podemos librarnos, conmutándola por esfuerzo y superación personal.

 

 

((*) 27/08/2012) Mis disculpas a David Jiménez y a Forges por liarme con sus autorías (al igual que centerales de otros blogeros…))

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Publicado por
Hugo de Juan

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