En mi opinión, la honestidad profesional es un tema clave para la Excelencia en Servicios, pero no me resulta fácil explicarlo sin caer en tópicos.
Quizás una batallita de mi pasado pueda ejemplificar uno de sus matices actitudinales…
Hace casi 20 años viví una aventura profesional de lo más intensa, compleja y afortunadamente “anormal”. Y digo afortunádamente anormal porque he tenido la buena suerte de no tener que pasar por “eso” más veces.
Entré muy joven a trabajar en un puesto directivo con equipo directamente a mi cargo, y miembro del comité de dirección, en una recien creada empresa que subió como la espuma, tan rápidamente como luego cayó (tal como lo haría una plomada). En muy poco tiempo llegó a haber mucha gente trabajando allí de todas las edades, perfiles y especialidades.
Cuando todo va bien, la calidad humana y profesional queda velada por los buenos resultados recogidos y la satisfacción de la mayor parte de los intereses cubiertos de unos y otros.
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Sin embargo, las cosas se torcieron y mucho, en muy poco tiempo. Eso incluía impagos a proveedores, irregularidades, muchos despidos y 7 meses acumulados de nómina sin cobrar.
Entonces, en esos momentos tan “chungos” pude diferenciar claramente dos actitudes o casi dos razas entre el personal que allí figurábamos en nómina, ante un mismo sentimiento de incertidumbre, injusticia y dificultad laboral de un gran calado.
Unos, sin perdonar en absoluto la deuda de la empresa que con ellos acumulaba día a día, trabajaban con honestidad, rectitud y verdaderamente mayor esfuerzo del que meses antes lo hacían. Los veía con las orejeras puestas, tirando millas en su trabajo y hasta con humor (muchas veces negro) y cierto optimismo. El cliente, al tratar con ellos, nunca hubiera sospechado lo vacía que tenían la cuenta del banco ni cómo eso le pesaba al llegar a casa. La sonrisa formaba parte del uniforme que llevaban puesto.
Claro que estaban preocupados, pero sobre todo estaban ocupados en que haciendo mejor lo que mejor sabían hacer, habría aguna posibilidad de salir de ese entuerto en el que estabamos metidos sin saber muy bien por qué.
Por otro lado, había otro perfil de persona o profesional (no sé si se debería distinguir), que tomando como excusa la deuda que la empresa mantenía con ellos, y que diariamente se incrementaba, aprovechaban para literalmente robar en forma de consumos indebidos de diversos recursos, horas de escaqueo (de las que sí exigían su remuneración) y hasta de materiales. Nuestros clientes quedaban incrédulos y alucinados ante ciertas respuestas y actitudes que no entendían y que desde luego eran lo opuesto a la excelencia en servicio. Cada día la empresa quedaba más hundida ante las huidas de esos clientes. Acercarse a esta gente a tomar un café y charlar era cambiarte el humor radicalmente, llenarte de negatividad y hundirte en el rencor y el miedo.
Mi pesadilla fué tener que compartir despacho con el capitan general de los mal-metedores.
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Yo no creo que haya gente muy mala o gente muy buena, pero sí hay un nivel muy dispar de honestidad profesional que permite afrontar la adversidad en el trabajo con actitudes absolutamente radicales y con resultados en consecuencia extremos.
Tuve la suerte de poder pegarme a compañeros que me enseñaron que la honradez, el rigor, el esfuerzo, la dignidad, la motivación y la perseverancia son actitudes que nacen de uno mismo, son un patrimonio profesional incalculable y que prevalecen pese a que tu jefe, tus compañeros o tu empresa sean muy buenos o todo lo contrario. Antes o después cambias de compañeros, jefes o empresa y lo que te queda para afrontar tu futuro es tu conocimiento, tu experiencia y tu actitud. Tu tesoro.

Como esta es una historia real, tengo que decir que cuando mi contrato en vigencia venció, pedí a mi Director General que me eximiera de la responsabilidad (y sacrificio) de seguir en ese barco, trasladé mis tareas y responsabilidades de la mejor forma posible, cerré todos los asuntos que pude, exigí legalmente lo que era mío y me despedí deseando de corazón que la suerte de esta empresa y toda su gente cambiara. Nunca llegué a cobrar la mayor parte de lo que se me adeudaba y no me alegro de ello, pero obtuve una lección de vida que me ha enriquecido durante décadas en el ámbito profesional, y que hoy me permite saber con qué actitud quiero vivir y convivir.
Esa actitud tiene una componente de lo que llamo honestidad profesional, y yo creo que es absolutamente necesaria para ser excelente en servicios (y en cualquier otra cosa en la vida).